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Cultura

La proclama del gallo rocambolesco


Julio Cabello

El confinamiento ha propiciado un sinnúmero de confrontaciones existenciales que ha desencantado la idea de libertad frente a un merodeador de contracciones pulmonares en las vidas humanas. Y conforme transcurre el tiempo el mundo se reduce a reinventar la realidad, la ciencia en el salvoconducto de la verdad y el aislamiento en certeza.

Abismados en la era digital la capacidad creativa ha desembocado en una diversidad de manifestaciones ligadas a una visión limitada de nuestra época que ha estimulado a decenas de personas generar todo tipo de acciones que permita sobrellevar -sin perder la calma y la mesura-, la cuarentena. Asombrado por uno de los aspectos más sencillos de la revelación ha llamado mi atención el desamparo de una sociedad desprotegida por el sentido común que nos conduce a un desastre en expansión que no excluye el disparate y, por extensión, las fantasías sin peligro de maldad en los márgenes de las chifladuras.

En mi aislamiento leí una nota periodística que aludía a un incendio a manos de un iracundo pirómano que, al no encontrar a su fino gallo, emprendió una cacería familiar cuestionando hasta el cansancio el paradero de su ave. Mientras el resto de la familia descansaba en la casa ignorando al incontrolable sujeto éste decidió abrir el conducto del gas e incendiarlo todo. No contento con ello, confrontó a la policía con una navaja. Todo esto ocurrió en el barrio 20 de Enero de Sabanalarga, Atlántico, Colombia.

Debo confesar que no he podido dejar fuera de los esquemas tradicionales reflexionar sobre la figura de esta ave en un sistema de creencias que hasta el día de hoy se ha inmiscuido en la sociedad a veces para hacer una noble labor, en otras para generar una reacción en la población.

Aunque si bien los ejemplos son exiguos, pero necesarios, podrían considerarse como un conjunto de deshilvanados desatinos inmersos en un espinoso asunto entre lo desconocido con lo verdaderamente irracional. ¿Cómo puede aterrizarse la idea que un gallo puede tener tantas connotaciones, símbolos y arquetipos en nuestra cultura? Ciertamente, sin ruptura no puede haber reflexión ni silencios ni criterios ni la posibilidad de prescindir del gallo (entendido como la última bocanada del porro de mariguana), pero tampoco liberarse de la estéril fantasía por reinventar el mundo en la inmensidad de nuestro tiempo callando la voz que motiva el coraje. Ante ello mi mente conmociona, empieza a volar en una suerte excedida de vuelcos controversiales entorno a la figura que proclama inevitablemente un lugar en la historia de la humanidad: el gallo.

En el espejo de nuestro tiempo pueden desfilar innumerables historias, tradiciones, canciones, personajes, figuras y recetas en las cuales es indispensable esta ave. Nadie puede negar, por ejemplo, que en la entrada de alguna estación del metro o en las calles más concurridas de la Ciudad de México podamos encontrar el capricho culinario de una ingente exigencia en la depredación de los paladares más salvajes: patas, alas y pescuezos cocidos con chile y limón, mientras se escucha Cumbia Espantamuertos del grupo Sonido Gallo Negro que, por cierto me llena de alegría. Sin embargo, no dejo de cuestionarme por qué un gallo subyace a la noción de emblema de la selección de fútbol francesa. O que la afición del Querétaro Club Futbol, sea devota al gallo cristalizando la forma en la que el fútbol cambia a la gente simulando un gran gallinero cada ocasión que el equipo de sus pasiones Los Gallos Blancos anota un gol a su rival.

Mi niñez estuvo amilanada por elementos sobrenaturales que condicionaron mi relación con el mundo real del rocambolesco. La minucia de mi recuerdo desde entonces ha sido desoladora. Todo sucedió cuando ingresé a una carpa que anunciaba espectaculares especímenes de la naturaleza: fetos de animales conservados en formol mostrando su mejor rostro, menos insufrible que la niña con cuerpo de araña, pero más horripilante que el gallo de dos cabezas colocado sobre una solaz repisa otoñal, como si estuviese esperando la salida del sol para quiquiriquear.

Abrumado por el pánico quedé vacío como aquella perturbación disecada.  Pasaron los años y apareció en la cartelera del cine: Back to the future. Un filme de mediados de los ochentas del siglo pasado que -sin lugar a duda-, me permitió reflexionar en torno al tiempo como suceso o acontecer que puede desencadenar la fatalidad en la realidad habitual de sus personajes. Son conocidas las escenas donde el actor Michael J. Fox a través de su crononauta personaje Marty McFly condiciona el pasado, presente y futuro, sopesando la cantidad de intromisiones que modificaron su existencia en los defectos comunes y, en los cuales, trata salir airoso evitando en todo momento encontrarse con sus ascendentes o consigo mismo.

Sin embargo, la ruptura accidental de las secuencias forja la adversidad a lo largo de la historia transformando la teoría del tiempo en acciones inacabadas en las zonas de convivencia que comparte. No obstante lo anterior, lo que realmente llama mi atención es cuando nombran gallina a Marty, pues en ese momento el rumbo de la historia empeora dotando de mayor incertidumbre el destino de la familia McFly o de la humanidad. La afrenta que, por lo común, se resuelve confrontando a su agresor (el ominoso Biff) quien suele retarlo a golpes para tratar de resarcir el honor que ha sido puesto en tela de juicio: “¡McFly…! ¡Eres un gallina!”. McFly proclive a responder la bravuconería, dice: “¡No me llames, gallina!”. ¡Y entonces sucede! La historia da un vuelco en el plano de las secuencias e inicia una nueva aventura que, además, debe encontrar la sintonía de los hechos para no alterar nuevamente la línea de las inagotables temporalidades.

En su contraparte infernal en el filme Blood In, Blood Out, dirigida por Taylor Hackford, en los inicios de los noventa, encontramos a un personaje relevante de la pandilla chicana Los Vatos Locos: Paco Aguilar. Un homie nombrado también en el mundo del boxeo como el Gallo Negro, famoso por sus trece nocaut, su gancho firme y su expresión: la vida es un riesgo, carnal. Me parece muy elocuente a propósito de éste personaje que representa a un gallo pugilista ahondar no simplemente en ideas en torno a un prototipo del macho chicano: respondón, pendenciero, desafiante, el todas puedo… sino en el conjunto de arquetipos populares mexicanos en donde las escenas donde se envalentona y muestra su hombría a partir de las mentadas de madre, amenazas y golpizas, convirtiéndose así en su modus vivendi. En él se refleja la identidad racial, la lealtad por la banda, la camaradería y la lucha intestinal contra Los Tres Puntos, por el control del este de los Ángeles. Y en él se enmarca un orgullo por ser nombrado de esa manera hasta que las circunstancias ameritan una reivindicación social: se puede ser un carnal, un boxeador, un vato loco, pero también un jura (policía). Aunque si bien la figura metafórica de un ave como la gallina resulta peyorativo en cuanto alude a la cobardía emplumada; por el otro lado, encontramos en el gallo el valor de una sociedad condicionada por el racismo, exclusión y discriminación por ser de ascendencia mexicana.

En otros filmes, por ejemplo, los gallos fungieron como un oscuro fetiche en los sueños de Buñuel, que representó en algunas películas como Los olvidados, El Bruto, Simón del desierto, Susana… Sin embargo, para el mismo Luis Buñuel tendrían, además, otro significado, pero no menos rocambolesco. Es común que algunos, si no es que en la mayoría de sus filmes, el gallo o la gallina –principalmente-, funjan un papel central anunciando la muerte del protagonista, el subsecuente inicio de la trama o el fin de la historia. Como es el caso del filme El Bruto, en el desenlace se puede ver cómo el personaje de Paloma representado por la actriz Katy Jurado, se encuentra de frente con un gallo mirándolo horrorizada después de llevar a la policía al lugar donde encontrarían al Bruto. Y en efecto así sucedió. Y fue entonces que después de intentar huir en un intercambio de balazos El Bruto -representado por Pedro Armendáriz-, fenece.

En El imperio de la fortuna, filme adaptado de un cuento de Juan Rulfo y dirigido por Arturo Ripstein, azuza en su personaje Dionisio Pinzón -papel a cargo del actor Ernesto Gómez Cruz-, a rescatar un gallo moribundo después de haber perdido una pelea. Y antes de ser sacrificado por su dueño, Dionisio lo reclama como caridad y, sin el mayor interés por el ave, se lo arroja entre sus brazos. Dionisio vive con su madre en el mismo espacio de marginalidad, aquella noche a su arribo a la choza una discusión desataría una exaltada confrontación afectiva en la cual ella le reclama: “¡Pa’que lo curas si pal caldo da lo mismo!”. A lo cual Dionisio responde: “¡No va ser pal caldo, lo voy a curar, va a ser mi gallo!”. Iracunda, la madre grita: “¡Deja ese gallo carajo, cuídame que soy tu madre! ¡Deja ese animal que no es bestia de Dios!”. En ese momento tanto el gallo como su madre presentan al mismo tiempo una inexplicable agonía, solo uno se salvaría y sería aquel quien tuviera la atención de Dionisio. La madre fallece. El gallo vive. Y Dionisio se vuelve el gallero acaso el más acaudalado, pero también el de mayor infortunio. El canto del gallo es el anuncio de una anatema, una traición, aunque también el inicio desafiante de algo nuevo. Aunque si bien no deseo anclarme aun más e ir acorde a la histeria colectiva me resta seguir sospechando hasta de mis propios entusiasmos frente a la invencible sucesión de imágenes que ya no gozan de una amplia aceptación mundial: los gallos pugilistas.

Aunque podría continuar con decenas de ejemplos que nos permita tener un acercamiento intrínseco a esta ave no deja de maravillarnos la relevancia que adquiere en la medida que moldea estereotipos y arquetipos en el imaginario colectivo de fuerte raigambre en diversas culturas.

No basta la proclama del gallo como emblema o figura de nuestra época, sino reflexionar hasta qué punto se ha inmiscuido en nuestra cotidianeidad, corporeidad, mitos, creencias y leyendas. El ensayo empieza a alargarse, lo sé, sin embargo; lo que deseo señalar en estos momentos por mucho que padezcamos esta pandemia debemos sonreír. Y de esta forma seguir deseosos de vivir al máximo el tránsito hacia lo esencialmente mágico, real y al amor que representa la vida. Y que la humanidad recobre su sentido en medio de la tragedia y aprender a vivir con lo perdido. Y así se revele el sueño de congregarnos, celebrar y sentirnos bien.

No obstante, en la nostalgia de nuestro presente tenemos que ir a contracorriente de la sensación taciturna que generó el confinamiento, pues no solo nos mostró una forma distinta de ver el mundo, sino un asomo de la idea primigenia que jamás podremos ser reemplazados porque somos únicos. Ante las pulsiones que desgaja el mundo en fragmentos de lo inverosímil tenemos que seguir atados a lo que amamos. Y en el entramado esencialmente humano primero para superar éste confinamiento será necesario romper los huevos para preparar un omelette cuyo inefable sabor se elogia en casi todo el mundo.       

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