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Opinión PORTADA

Ver para pensar: Máscaras

Federico Anaya Gallardo

Hace ya demasiados años, cuando viví en la capital imperial, en un cineclub cercano a la Universidad de Georgetown ví por vez primera la película Europa, Europa (1991) de Agnieszka Holland (n.1948). Me gustó tanto que, una semana después, al llegar a visitarme una querida amiga mexicana, la llevé a verla. Esta amiga mía venía de participar en brigadas de solidaridad con la Nicaragua Sandinista. Salió enfurecida de la función. La película de Holland se filmó al mismo tiempo que Salomon Perel (n.1925) escribía su autobiografía Hitlerjunge Salomon (Salomón, el joven hitleriano) adonde contaba cómo, siendo un adolescente judío alemán, había sobrevivido al Holocausto haciéndose pasar por ario. Mi amiga me espetó fuera del cineclub: “—¡Es un miserable traidor!”

 

Pues sí. Para sobrevivir, Salomón debió traicionar varias veces. Teniendo él 13 años, su familia huyó a Polonia en 1938, luego de la Noche de los Cristales Rotos (en la que su hermana fue asesinada, de acuerdo a la película). Ante la invasión alemana de Polonia en 1939, Holland nos muestra al hermano mayor reclutándose en las defensas polacas y regresando humillado a casa: como era judío, ni siquiera le dieron un fusil. El padre y la madre deciden que los dos hijos menores, Isaac y Salomón, deben huir al Este –hacia la Unión Soviética. En una escena nocturna, Holland los muestra a bordo de un bote cruzando un ancho río. Su embarcación choca con otra en medio del cauce: el otro bote trae refugiados polacos que huyen de los soviéticos hacia el Oeste. Confusión. En medio del caos, Isaac cae al agua. Salomón le cree muerto. (En realidad, será rescatado y luego enviado a un campo de exterminio.)

 

Un Salomón de 14 años alcanza el territorio soviético en la actual Bielorrusia y es acogido en un orfanato Komsomol (juventudes comunistas) en Grodno. Gracias a la Cruz Roja Internacional, mantiene correspondencia con sus padres, que fueron internados en el gueto de Lodz. Entre los chicos del orfanato hay varios polacos católicos que hacen oposición a “los rusos invasores y ateos”. Salomón milita en contra de ellos y defiende tanto la ciencia como la liberación de todos los pueblos predicada por el leninismo. En 1941 termina este momento de tranquilidad. Un Salomón de 16 años queda separado del resto de los komsomoles y cae prisionero de la tropa nazifascista.

 

Pero el chico aprovecha que habla alemán, destruye su carnet del partido bolchevique y así nace Josef Peters, un huérfano alemán perseguido por “los comunistas ateos”. Adoptado por una unidad de combate alemana, servirá de intérprete (habla alemán, polaco y ruso) y acompañará por meses la invasión nazifascista. Justo al inicio de esta etapa, uno de los chicos polacos –acogido por sus redes familiares católicas– estuvo a punto de quitarle la máscara de “chico ario” a Salomón. Este salva su identidad alemana por azar, pero el chico polaco es baleado por los alemanes. El mensaje de Holland es claro: la sobrevivencia de uno significa la muerte de otro.

 

La historia de Perel, lectora, demuestra que la realidad supera al más mágico de los realismos. El muchacho será adoptado por un noble prusiano, enrolado en una de las 38 escuelas de cuadros nazis (Napola ó Nationalpolitische Erziehungsanstalt) y terminará la guerra, próximo a los 20 años, combatiendo a los aliados. En la realidad, Perel se entregó a los estadounidenses. Holland lo presenta abandonando a sus camaradas hitlerianos en medio de los combates de Berlín, entregándose a los soviéticos. Ante el alegato que es un judío disfrazado de alemán, los bolcheviques le llevan a uno de los campos de exterminio recién liberados. Allí, un coronel rojo le entrega su pistola a uno de los internos y le dice que haga justicia. Justo en ese instante, otro de los internos reconoce a Salomón. Es su hermano Isaac.

 

Los Perel emigraron a Palestina. Salomón sirvió en el Ejército Israelí defendiendo su nueva patria. Hacia 1989 regresó a Alemania. Las revelaciones de su adolescencia como ario causaron estupor y escándalo. La nominación de la película de Holland para mejor filme extranjero en los Óscares de 1991 fue muy criticada en Alemania porque se leía cierta defensa de los ideales nazis. Cosa fascinante, Perel aún vivía hace un año (2021), cuando a sus 96 años lo entrevistó la Oficina Evangélica de Niños y Jóvenes de Frisia del Norte en cooperación con la Academia Evangélica de la Iglesia del Norte. (Liga 1, en Alemán con aceptables subtítulos automáticos en Castellano.)

 

Los Perel habían recibido un mandato de parte de su madre cuando huyeron de Polonia: Sobrevivir. Al cumplir ese mandato, Salomón Perel debió traicionar al menos tres veces la identidad que había adoptado. Dejó de ser judío practicante para volverse komsomol, dejó de ser komsomol para volverse nazifascista, y dejó de ser nazifascista para volverse judío. ¡Qué aventura! Y cuánto dolor provocó ese chico entre aquéllos que le acogieron. Porque los traicionó a todos. Sin embargo, vale la pena escuchar al anciano Perel en 2021: tal vez no seamos personalmente responsables de las atrocidades de los nazis, pero todos somos responsables de garantizar que eso nunca vuelva a suceder.

 

La película de Holland muestra la complejidad de la identidad. Y no sólo por el arco biográfico que acabo de contarte, lectora. La directora tenía una historia propia qué contar. Ella es hija de una adolescente polaca atea (ex-católica) que militó en la Resistencia polaca contra los nazis y quien, en medio de las masacres antisemitas, había prometido a sus amigas de lucha procrear judíos. Su padre fue un militar judío polaco que regresó a su país acompañando al Ejército Rojo y que ayudó a su madre a cumplir su promesa. Pero Holland debió salir de su país luego de 1980 cuando el régimen comunista se militarizó bajo Jaruzelski. Regresaría sólo en 1989 y precisamente a filmar Europa, Europa. El título lo escogió porque su continente seguía (y sigue) estando a mitad del camino entre visiones de sociedades ideales y la realidad barbárica. Todo lo anterior, y más, lo puedes ver en la entrevista que le hizo a la directora la Austin Film Society en 2019. (Liga 2.)

 

Terminemos con una escena terrible de la película, Sucede cuando Josef/Salomón ya está estudiando en la Napola. El profesor de anatomía lo escoge para analizar sus razgos faciales, formación craneana, color de piel, ojos y pelo. Toma varias mediciones, compara al muchacho con muestras catalogadas. Todo esto frente a sus compañeros de clase. En el rostro del chico (interpretado por Marco Hofschneider) podemos ver la creciente angustia. ¡La ciencia descubrirá su impostura y le quitará la máscara! La conclusión del profesor le deja estupefacto: “aunque por generaciones sus ancestros mezclaron su sangre con razas inferiores, ¡Josef es sin duda ario!”

 

Tremenda demostración de la mentira racista… pero también del luciferino atractivo de las “identidades perfectas”. En 2019, Holland explicó que ella y Perel habían filmado una escena para cerrar el filme –con el Salomón viejo como él mismo departiendo con sus viejos compañeros de clase de la Napola en la Alemania moderna, liberal y democrática. La escena recreaba una reunión real, ocurrida en esos mismos meses. El problema es que –tanto en la reunión real como en el re-enactment– todos los viejos de 65-70 años terminaron cantando de corazón las canciones nazis de su adolescencia. Manifestación perturbadora, ambigua y escalofriante de una memoria que seguía allí, viva. Por eso, en 2021, Perel llamaba a responsabilizarnos de la no-repetición de la tragedia. En 2019, Holland refería que lo único que salvó a Salomón de integrarse completamente con sus opresores fue su circunscisión. Si no fuera por esa marca imposible de borrar, aquél adolescente habría abrazado completamente la locura nazifascista que exterminaba a su pueblo y a sus camaradas.

 

Ligas usadas en este texto:

 

Liga 1:

 

Liga 2:

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