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Opinión

Los comunes y los mejores

Federico Anaya Gallardo

Lectora, hoy empiezo esta kino-reseña recomendándote una música. La Fanfarria para el hombre común de Aaron Copland. (Liga 1.) El compositor estadounidense, nació con su siglo (1900) y murió con él (1990). Amó profundamente a su pueblo y a sus pueblos hermanos; Compositor cinematográfico, su fanfarria evoca imágenes. Migrantes atravesando inmensidades para colonizar nuevos mundos; obreros que descansan luego de construir nuevas sociedades. Los comunes desfilando en triunfo.

Ahora bien, todo lo que acabo de escribir rememora no sólo a Copland sino algo más viejo que llevamos siglos creyendo que es antiguo, pero que siempre es contemporáneo: Roma; por eso la llamamos urbs æterna. Las trompetas de la fanfarria cuadran bien con la imagen hollywoodense de los triunfos de esa ciudad-símbolo.

Los triunfos eran desfiles en que los soldados-ciudadanos mostraban a su pueblo las riquezas obtenidas y los despojos de los enemigos, mis maestros de primaria subrayaban el papel del general que encabezaba el desfile, a bordo de un carro de guerra y con un sirviente detrás. Éste último sostenía una corona de laureles sobre la cabeza del militar y repetía ritualmente: “recuerda que eres sólo un ser humano”.

Pero más importante era el desfile de la tropa, cronistas e historiadores antiguos preservaron las porras que repetían los soldados del más famoso de los generales romanos, Cayo Julio César. Suetonio recuperó esta: “Romanos, vigilad a vuestras mujeres: os traemos al adúltero calvo. En la Galia te gastaste en putas el oro que aquí tomaste prestado.” ¿Los ciudadanos en armas se burlaban de su líder enfrente del Pueblo? Sí y no; César era un adúltero bien conocido, sus enemigos no dejaron de denunciar sus corruptelas, las porras tenían el mismo sentido que la admiración “recuerda que eres sólo un ser humano”.

Todas estas imágenes, recuperadas por el Hollywood dorado del medio siglo XX, omiten algunas explicaciones etnohistóricas. El triunfo era una especie de carnaval en que se rompían reglas sociales esenciales; se rompían para refrendarlas, para recordar lo excepcional del desorden.

Ningún ciudadano armado podía entrar al recinto de la ciudad –excepto durante el triunfo, cuando soldados y general mostraban sus bien ganadas glorias. Todos los ciudadanos eran iguales –excepto durante el desfile, cuando el general se pintaba la cara con un círculo rojo.

¿Círculo rojo? Una representación de la deidad solar. El general triunfante se identificaba, por un día, con Júpiter Optimus Máximus, el espíritu celestial que tutelaba Roma desde el monte central de la ciudad (el Capitolio, la capitis ó cabeza). Es probable que el pigmento fuese originalmente sangre de un toro sacrificado a la deidad. Precisamente por eso el sirviente recordaba al triunfador que era sólo un ser humano: porque en el día del Triunfo el general se vestía como el dios. Cuando los romanos se referían a su sociedad usaban la frase res publica, “la cosa pública” –una idea que subrayaba lo colectivo. Las y los romanos no se entendían como individuos, sino como miembros de familias y clanes que formaban una comunidad civilizada (civitas) bien identificada a través de las “costumbres de los mayores” (mos maiorum). La ciudad era mucho más que la urbs (el casco urbano). Ciudad es sociedad política.

La mejor representación de esa sociedad antigua que he encontrado en las pantallas es Roma (BBC-HBO-RAI, 2005-2007). La serie, que sólo tuvo dos temporadas con 22 episodios, fue creada por Bruno Heller, William J. MacDonald & John Milius. Los títulos iniciales nos muestran los grafitis que cubrían la vieja ciudad, adonde todas y todos eran objeto de burla. Uno de ellos reza: nobilitas miseria nostra magnum (gran miseria es nuestra nobleza). La época que retrata la serie es un periodo de crisis en la República, que sufrió guerras sociales y civiles por casi un siglo justo antes del inicio de nuestra Era común.

Los creadores de la serie son gente del siglo XXI de esa Era común y nos transmiten mensajes relevantes para nuestra época. Que un grafitero romano del siglo I aC critique a la nobleza es un acto que hoy nos parece popular, plebeyo y democrático. Las cuatro palabras ya existían en el latín que hablaban los romanos hace 22 siglos; pero importan las variaciones en su significado. Te propongo, lectora, que con esas palabras repasemos la serie Roma.

Los nobiles no eran una casta separada por nacimiento ó raza, sino familias cuyos miembros habían ganado honores públicos a través de las buenas obras de sus miembros. El centro de la vida social eran las familias, no los individuos. Roma nos cuenta las historias personales de dos soldados, el centurión Lucio Voreno y su competidor/amigo Tito Pullo. Detalle interesante: ambos nombres son mencionados por César en su libro La Guerra de las Galias. Este libro está formado por las noticias que el general mandaba a Roma para que las leyeran oradores en el Foro. (Eran el equivalente de comunicados de prensa, despachos de guerra y “mañaneras”.) En 55 aC, César creyó importante contar al pueblo romano cómo dos hombres comunes (Voreno y Pullo), que en el campamento estaban siempre peleando, en la batalla se salvaron mutuamente la vida. ¿Propaganda política para una sociedad dividida? Sin duda. Tanto Voreno como Pullo eran plebeyos. Imagina la fascinación de la gente por verles en persona cuando las legiones triunfantes retornaran.

César no relató más acerca de ese par de soldados ó, si lo hizo, el texto no sobrevivió. Dos mil años más tarde, la serie Roma los toma de pretexto. A través de ellos vemos al centurión responsable (Voreno) crecer en prestigio social y alcanzar el rango de senador durante la dictadura de César. (Hay varios casos históricos bien documentados de ese ascenso a la nobleza republicana.) Pullo es más un soldado de fortuna, un proletario. Gracias a ambos caracteres nos enteramos de lo que arqueólogos e historiadores saben acerca de la organización de familias populares, barrios y comercio en la antigua Roma –incluídas las bandas criminales que controlaban muchas calles.

Voreno y Pullo son gentes populares: los primeros en su familia en obtener reconocimiento social. Sus aventuras en la serie se mezclan con las de un muchacho delicado llamado Cayo Octavio. Se trata del sobrino-nieto de César (a quien el dictador nombrará su heredero). Con ese pretexto, conoceremos a las familias romanas que tenían prestigio desde hacía siglos. En la casa de una de ellas, la serie nos deja ver el altar de los dioses penates de Servilia, madre de Marco Junio Bruto. (El joven desagradecido de las últimas palabras de César: ¿Y tú también, hijo mío?… Et tu quoque, fili mi?) Esos altares contenían máscaras funerarias de las y los ancestros famosos de la familia. Los más elegantes eran de material translúcido (cera, alabastro, tal vez cristal). Cuando alguien de la familia moría, en el funeral se organizaba una procesión con actores que se ponían esas máscaras, acompañando públicamente al cadáver. La dignitas de las viejas familias se alimentaba del prestigio pasado. Eso era lo que hacía “noble” a una persona: la acumulación de buenos servicios a la “cosa pública”.

Frente a viejas familias que sólo presumían hazañas pasadas, un homine novus (como Voreno) mostraba sus propias hazañas. Esta estrategia fue usada por siglos por las clases subalternas (los plebeyos) para exigir su parte en los honores públicos (y en el poder y la riqueza que significaban). El mejor ejemplo de esto, en la Roma histórica, es un personaje de la generación anterior a César, llamado Cayo Mario (campeón de populares y plebeyos). Yo habría empezado la serie de HBO con las aventuras de él y de su amigo-contrincante Lucio Cornelio Sila (campeón de optimates y nobles). Pero se habrían necesitado dos temporadas enteras de precuela a la serie que hoy reseño.

Todo lo que he dicho, necesariamente lo leemos y vemos en clave democrática. Voreno y Pullo nos encantan porque vienen “de Abajo”. César y sus enemigos nos disgustan porque hacen política “de Arriba”. Acaso por ello la segunda temporada de la serie resultó anticlimática. Nos cuenta el ascenso de Cayo Octavio quien deja de ser el adolescente aparentemente ingenuo para convertirse en el primer monarca romano, César Augusto. Lo fascinante es que esta lectura no es un anacronismo. Hace dos milenios, cuando apoyaron a Mario, a César y a Octavio, las masas del pueblo romano deseaban una participación mayor en su sistema político. Cuando Octavio se convirtió en Augusto muchos de los antes excluidos fueron finalmente aceptados, pero todos se sintieron burlados por la concentración de poder en una sola persona.

En otras palabras, Roma no trata de historia antigua. Disfrútala.

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://www.youtube.com/watch?v=ZdqjcMmjeaA&ab_channel=BBC

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