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Opinión

Ver para pensar: Giamatti como John Adams

Federico Anaya Gallardo

Te sigo contando, querida lectora, de la serie de HBO John Adams, dirigida por Tom Hooper en 2008. Regresemos a la pareja formada por John Adams (interpretado por Paul Giamatti, n.1967) y Abigail Smith. Me ha sorprendido descubrir que el matrimonio Adams-Smith procuró hacerse retratos a lo largo de su vida. No juntos en una escena, sino cada cónyuge separado, como para ser colgados juntos é iguales: el uno frente a la otra, la una frente al otro. Benjamín Blyth los retrató al pastel sobre papel en 1766. (Los agrego al inicio de esta kino-reseña.) Medio siglo más tarde, Gilbert Stuart hizo un par de óleos para ellos alrededor de 1815. (Es el segundo par de retratos.) Conocemos su correspondencia privada desde 1777 –cuando John andaba de diputado en Filadelfia y ella estaba al frente de la granja familiar. Ella lo mantenía al día acerca de lo que publicaban los periódicos de Nueva Inglaterra (la colonia de la Bahía de Massachusetts). Él le compartía los debates del Congreso. Abigail Smith fue la segunda First Lady estadounidense, la primera en residir en la Casa Blanca y también la primera en publicar escritos en la prensa defendiendo la política de su marido. (Hubiera sido una magnífica candidata a la Presidencia, pero había que esperar a Hilary Rodham Clinton –que no es tan buena como lo fue Abigail.)

En la serie, Abigail Smith es interpretada por una impresionante Laura Linney (n.1964). En el capítulo seis (“Una guerra innecesaria”), cuando los Adams-Smith se mudan a Washington, D.C. y entran a una Casa Blanca a medio construir en medio de los pantanos del Potomac, Abigail reprocha a John: “—¡Esclavos hambrientos construyen la capital de nuestra Nación! ¡De un lugar así no puede salir nada bueno!” Los Adams-Smith nunca tuvieron esclavos, pero él nunca apoyó abiertamente la abolición para no alienar a los Estados del sur. Ella sí. (Esta ha sido la contradicción siempre pendiente de resolver en los EUA.)

En las primeras dos elecciones presidenciales (1788 y 1792) Adams quedó en segundo lugar frente al general Washington. En ese tiempo, el perdedor de la elección presidencial se quedaba con la Vicepresidencia –así que Adams fue dos veces Vicepresidente. No había aún partidos políticos y la elección se hacía entre los grandes personajes de la guerra de Independencia. Tampoco había límite a la reelección presidencial. ¡Eso lo impuso la Derecha en 1948 para que nunca hubiera otro Franklin Delano Roosevelt que ganase cuatro veces con el apoyo de los pobres! (Si te suena a las alucinaciones que causa AMLO en la mente de los conservadores mexicanos de hoy, querida lectora, es que la Humanidad es una sola.)

Washington podría haberse reelecto hasta su muerte en 1799, pero la Revolución Francesa polarizó a la sociedad estadounidense. Paradójicamente, el político más poderoso del sur esclavista, Thomas Jefferson, encabezaba el partido pro-francés y revolucionario –aunque Washington lo nombró Secretario de Estado. Thomas acababa de regresar de París, adonde era embajador cuando la Toma de la Bastilla. Te quedo a deber, lectora, una kino-reseña de Jefferson in Paris (Ivory, 1995).

Cuando Inglaterra atacó a la República Francesa, Washington y Adams se negaron a entrar a la guerra –pese a la exigencia del embajador de los jacobinos. Jefferson salió del gabinete en protesta. El Presidente y Vicepresidente enviaron al ministro presidente de la Suprema Corte (John Jay, 1745-1829) a Londres para negociar la neutralidad con Inglaterra. El Senado estuvo a punto de rechazar el tratado. Hubo disturbios en Filadelfia: se acusaba al gobierno de monarquismo. Los que apoyaban al gobierno se empezaron a llamar a sí mismos Federalistas. Jefferson se volvió la cabeza del partido Republicano-Democrático. Esta denominación nos suena raro hoy en día, pero así era entonces… Los jeffersonianos defendían la idea republicana contra los “monarquistas” Washington y Adams, así como la Democracia contra la tiranía del gobierno encabezado por el primer presidente. Gracias a esta crisis internacional nació el primer sistema de partidos políticos de los EUA.

El capítulo cinco (“Morir ó unirse”) de la serie nos muestra ese quiebre de la “gran coalición” independentista de EUA a través de un diálogo entre Adams y Jefferson en un pobre barecito de Filadelfia. El Vicepresidente insiste en que EUA debe ser “imparcial” en la disputa europea entre monarquías y repúblicas. Jefferson le responde: “—La imparcialidad es siempre parcial, John”. Los amigos descubren que están en bandos opuestos cuando Jefferson, al despedirse, brinda por La Revolución. El Vicepresidente le pregunta que de qué revolución habla, ¿de la estadounidense ó de la francesa? Jefferson se levanta diciéndole: “—¡Son la misma, John! ¡Son la misma!”

La decisión de que los EUA permanecieran neutrales en la primera guerra contra la Revolución Francesa volvió imposible una tercera reelección de Washington. Adams ganó la Presidencia en 1796 por muy pocos votos. Jefferson, segundo lugar, quedó como Vicepresidente y cabeza de la Oposición.

Después de otra elección difícil como esta, los estadounidenses cambiaron esa peligrosa regla para la Vicepresidencia –que en México provocaría la rebelión del Vicepresidente Bravo contra el Presidente Victoria en 1827. No te sientas mal ciudadana lectora: los primos angloamericanos estuvieron cerca de lo mismo: el vicepresidente de Jefferson en su primer periodo presidencial (1800-1804) era Aaron Burr –quien conspiró en 1806 para separar varios Estados, la recién adquirida Luisiana y la Texas española para formar un imperio para sí mismo. Jefferson lo acusó de traición ante la Suprema Corte, pero lo protegió el presidente de ese alto tribunal, que era enemigo político del presidente –el famoso John Marshall (1755-1835), ese de la revisión constitucional en Madison vs Marbury. Burr murió tranquilo en su cama. Impunidad hay en todas partes.

Regresemos a Adams/Giamatti. En la segunda mitad del mandato de Adams, entre 1798 y 1800, el partido Federalista se dividió entre el presidente Adams y Alexander Hamilton (1757-1804) –quien deseaba un gobierno federal más fuerte, con un Ejército permanente y un Banco central. Hamilton (interpretado por Rufus Sewell, n.1967) no sólo deseaba eso al interior, sino asegurar el comercio a través de una alianza con Inglaterra. Los Republicanos-Democráticos le acusaban de ser un “cripto-británico”. Nada de esto lo verás en el musical Hamilton ahora tan de moda. Por otra parte, el Hamilton autoritario y ambicioso de Sewell es un anuncio de su papel como el nazi John Smith en The Man in the High Castle (El hombre en el castillo, creada por Frank Sponitz para Amazon Prime entre 2015 y 2019).

El peligro de una insurrección pro-francesa convenció a los Federalistas en el Congreso para autorizar el Ejército y el Banco de Hamilton. Aparte, aprobaron varias leyes sobre extranjería y sedición (Alien and Sedition Acts). En ese tiempo, la Suprema Corte aún no ganaba el poder de revisar la constitucionalidad de las leyes –así que si EUA hubiese entrado a la guerra, los Federalistas podrían haber reprimido a sus enemigos y el naciente sistema republicano se habría roto. Pero Bonaparte hizo la paz con Inglaterra y no hubo guerra.

Eso sí, durante la elección de 1800, Jefferson hizo campaña denunciando la tiranía de Adams y ganó. El nuevo congreso, dominado por Jefferson, licenciaría casi todo el Ejército profesional, cerraría el banco central, empoderaría a los Estados y se separaría de Inglaterra en política exterior. Pero Adams y su secretario de Estado, John Marshall, se habían apoderado del poder judicial llenando juzgados de distrito y colegiados de circuito con sus Federalistas. De hecho… ¡Marshall se quedó como ministro presidente de la Suprema Corte hasta su muerte! Y, desde allí, Marshall aseguró la sobrevivencia de su partido. (De regalo, y casi sin quererlo, también estableció el principio de que la Corte podía revisar la constitucionalidad de las leyes…)

En los siguientes años, gracias a la derrota de Bonaparte ante los revolucionarios negros de Haití (he aquí una historia que merecería una gran película), Jefferson obtuvo la Luisiana de Francia (1804) –el evento geopolítico que desencadenó el desarrollo de EUA como potencia hemisférica en el siglo XIX. Pero todo se paga: los casacas rojas invadieron EUA en 1812 y quemaron la Casa Blanca. La tentación hamiltoniana de un gran gobierno nacional no volvería sino hasta los tiempos de Nixon. (Puedes imaginar a Jefferson aplaudiendo el resultado de Watergate.)

La inestabilidad social, política é internacional que te cuento, lectora, nos la muestra la serie de HBO de manera sencilla. Massachusetts es tierra pobre de granjeros (como Adams) y marinos (como Ishmael, el de Moby Dick). Filadelfia es un pueblo de ladrillos. En D.C. todo está a medio construir en medio del lodo. Los nacientes partidos políticos están dispuestos a levantarse en armas si pierden las elecciones… ó a separar Luisiana y hacer un reino aparte. Tanto diputados como senadores se dejan corromper a la primera oportunidad. (Esto lo siguen haciendo hoy, en medio de edificios de mármol.)

El director Hooper nos da un inesperado regalo. Al mostrarnos el origen humilde de la actual República Imperial, nos recuerda que todo podría haber fallado –y que la historia es tarea de mujeres y hombres comunes que luchan en medio de la incertidumbre de tiempos muy revueltos.

La serie nos cuenta poco de los hijos de John y Abigail. La mayor (Nabby) casará con un secretario del padre que despilfarrará su fortuna en especulación. El segundo (John Quincy) será el hijo perfecto –brillante diplomático y futuro presidente de la República. El tercero (Charles) morirá alcoholizado en los barrios bajos de Filadelfia. Del cuarto (Thomas) la serie no se ocupa mucho. Con sólo siete capítulos, Hooper podría haber dedicado un octavo a contarnos que el marido de Nabby y Thomas terminaron en la expedición de Francisco de Miranda para liberar Venezuela ó que el gobierno de Adams apoyó a los revolucionarios negros de Haití para mantener ocupados a británicos y bonapartistas en el Caribe. Pero acaso fuera mucho pedir a una serie que de por sí es magnífica.

Al final del capítulo seis, vemos al odioso Adams/Giamatti abandonar la Casa Blanca, amargado por la victoria de Jefferson y sus revolucionarios. Pero no se va en carroza propia, sino  en un carretón público, en medio de gente común –blanca y negra– que le miran azorados cuando aborda enfrente de una Casa Blanca sin terminar. El abogado barrigón les gruñe: “—No hay nada que ver. ¡Sólo soy John Adams, ciudadano como ustedes!”

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