Federico Anaya Gallardo
Te contaba en mi última kino-reseña (antes de mi campaña en la elección judicial), querida lectora, acerca la superficialidad conque algunos de los profesores del CUM (la prepa marista de la ciudad de México) nos enseñaban literatura universal y castellana a principios de los 1980s. (Otra historia fue mi profesora de literatura mexicana y latinoamericana, Irma Terán.) No es que yo haya avanzado mucho en ese campo en las cuatro décadas que siguieron. Soy malo para leer Literatura. Prefiero la Historia y la Política. Así que, del estentóreo ¡Canta, oh Diosa, la ira del Pélida Aquileo! conque empieza la Ilíada yo me paso de inmediato al análisis de los infinitos males que aquélla cólera funesta causó a los aqueos sin que me interese mucho que muchas almas valerosas de héroes se hayan precipitado al Orco ó Hades. Esa es materia de mis amigos filósofos ó religiosos.
También te he contado lo común que es oír afirmaciones lapidarias acerca de obras que el declarante realmente no ha leído. Así es como hemos llegado a creer que Tomás Moro era un pensador progresista que diseñaba utopías para que los humanos viviesen felices –cuando en realidad era un ambicioso hijo de mercader que defendía las posiciones más cerradas del clero político de su tiempo y de los oligarcas de su sociedad.
Una de las maravillas de nuestros días es el acceso sencillo y abierto a versiones cinematográficas de las obras literarias más variadas. Hace poco mi algoritmo de Netflix y la campaña publicitaria de esa plataforma para este año me pusieron a la vista los seis capítulos de Il Gattopardo, producida por Indiana Production (Italia) y Moonage Pictures (Reino Unido). Están dirigidos por Tom Shankland (n.1968, episodios 1, 2, 3 y 6); Giuseppe Capotondi (n.1968, episodio 4); y Laura Luchetti (n.1974, episodio 5). La obra de Shankland et al la puedes ver en la plataforma de la “N” roja.
El total de tiempo dedicado a narrar la historia de cómo resistió la revolución garibaldina don Fabrizio Corbera Príncipe de Salina en la Sicilia de 1860-1863 llega a los 360 minutos (seis horas). Uno diría que más que suficiente para la novela escrita en 1956 por Giuseppe Tomasi Príncipe de Lampedusa (1896-1957). Después de todo, en la versión pdf que tengo de su novela esa historia se extiende por sólo 211 páginas. Pero, hasta hace pocos días, yo no habría podido emitir una opinión seria pues, por más que muchas veces había repetido –junto con varios miles de clasemedieros mexicanos–, que “todo cambia para que todo siga igual” citando (por supuesto con cara de intelectual y circunstancias) el libro de Lampedusa… lo cierto es que yo nunca lo había leído.
Como sea, el algoritmo netflixiano anotó que yo había visto Il treno dei bambini de Cristina Comencini (mi kino-reseña en Liga 1) y me sugirió este nuevo Gatopardo. Y es “nuevo” porque, en 1963, apenas siete años después de escrita la novela (y cinco después de publicada), Luchino Visconti (1906-1976) filmó un primer Gatopardo –que puedes ver en versión doblada al Castellano en YouTube en la Liga 2 gracias a “clasicas y accion” (@accionclasicas).
La versión de Visconti que te recomiendo dura 185 minutos (3 horas y 5 minutos) pero no es el corte más grande. De acuerdo con la reseña realizada para YouTube por “CINEFILIA Original” (@CINEFILIAoriginal), ese primer Gatopardo tuvo un primer montaje de cuatro horas. (Liga 3.) En Cannes, un segundo montaje de tres horas y media se llevó la Palma de Oro. En las salas italianas se presentó una versión de sólo tres horas (180 minutos). En el resto de Europa se distribuyó un montaje de 171 minutos. Al parecer, este último es el que más gustaba al director.
Con El Gatopardo de Lampedusa me pasó como Jaime Perales Contreras nos dice (Liga 4) que nos pasará si vemos la versión cinematográfica de Cien Años de Soledad sin haber leído la novela de Gabriel García Márquez: La serie nos invitará a leer la novela. Así me ocurrió con la versión moderna distribuida por Netflix –y me ha divertido ir viendo poco a poco la versión de Visconti al tiempo que leo la novela de Lampedusa traducida del Italiano al Castellano por Fernando Gutiérrez. (La puedes descargar en un PDF desde la Liga 5.)
Cosa extraña, cuando mis profes de prepa nos contaban de la novela, yo me imaginaba que databa de principios del siglo XX, circa 1900. Las cosas que comentaban, todas superficiales, hacían pensar en los tiempos de la Revolución Mexicana. Si acaso, en los años del fascismo italiano. En la versión de la novela que te recomiendo, se incluye el prólogo escrito por Giorgo Bassani en “Setiembre” (como se escribía antes) de 1958 para la primera edición publicada por Giangiacomo Feltrinelli. Bassani nos explica allí que sólo vio una vez a Lampedusa, en el año 1954, en San Pellerino, en un encuentro literario. El príncipe siciliano, entonces de 58 años, acompañaba a su primo, el poeta Lucio Piccolo (1901-1969) quien también era parte de la nobleza siciliana (barón de Calanovella). En 1954 la poesía de Piccolo fue una de las revelaciones de la literatura italiana. Bassani recuerda que el poeta “había venido de Sicilia en tren, acompañado de un primo mayor que él y de un criado. Convengamos en que esto era ya suficiente para excitar a una tribu de literatos en medias vacaciones.” El editor nos informa que “durante el día y medio que permanecimos en San Pellegrino, convergieron la curiosidad, el asombro y la simpatía generales” sobre “Piccolo, su primo y su criado (un extraño trío que no se escindía nunca: el criado, bronceado y robusto como un macero, ni un solo instante les quitó a los otros dos la vista de encima…)”.

Bassani nos dice que Lampedusa era “un caballero alto, corpulento, taciturno, de rostro pálido, con esa palidez grisácea de los meridionales de piel oscura. Por el gabán cuidadosamente abotonado, por
el ala del sombrero caída sobre los ojos, por el nudoso bastón en que, al caminar, se apoyaba pesadamente, uno, a primera vista, lo habría tomado, ¡yo qué sé!, por un general de la reserva o algo semejante”. El editor nos dice que se le veía “silencioso siempre, siempre con el mismo rictus amargo en los labios”. Años más tarde, hacia 1958, cuando Lampedusa ya había muerto, Bassani recibió un manuscrito mecanografiado de El Gatopardo. Le gustó mucho. Viajó a Palermo, adonde la viuda del príncipe, la baronesa letona Alessandra de Wolff-Stomersee (1894-1982), vicepresidenta de la Sociedad Psicoanalítica Italiana, le confió al editor el manuscrito original –escrito en un cuaderno rayado con una pequeña caligrafía. Wolff-Stomersee también reportó que el personaje central estaba inspirado en el bisabuelo paterno del autor, Giulio Fabrizio de Lampedusa (1813-1885) –quien era el príncipe Lampedusa al momento de la epopeya garibaldina. A partir de este descubrimiento, Bassani recuperó otras obras de Lampedusa y vio que se publicasen.
Así las cosas, el autor de El Gatopardo es, él mismo, uno de los gatopardos del escudo de armas de los Lampedusa. Familia que había sido parte de la oligarquía dominante de Sicilia -primero bajo los Trastámara aragoneses, luego bajo los Habsburgos españoles, luego bajo los Borbones españoles, luego los Saboya italianos y finalmente bajo la República Italiana. El título data de 1667, cuando Sicilia y Nápoles eran parte de la Monarquía Española –por lo que estos príncipes siguieron siendo Grandes de España. El autor de la novela fue el penúltimo príncipe: como él y Wolff-Stomersee no procrearon, el título lo heredó en 1957 un tío suyo –senador bajo Mussolini y luego bajo la República– quien moriría diez años más tarde sin descendencia. Desde 1967 ya no hay gatopardos reinando en tierras sicilianas… pero si bien lo ves, querida lectora, el escritor no hizo novela sino autobiografía. La historia de su bisabuelo Giulio podría haber sido la de él mismo, ó la de su tío el senador. Todo cambia para que todo siga igual.
Te dejo un retrato de circa 1850 de El Gatopardo original, Giulio Tomasi, el Octavo Príncipe Lampedusa (1813-1885 –es decir, nacido cuando el ciudadano Murat, mariscal de Napoleón, fue Rey de las Dos Sicilias por un breve tiempo). A su izquierda vemos a Burt Lancaster (1913-1994), nacido en Nueva York un siglo después del Octavo Gatopardo y quien lo interpretó en la kino-versión de Visconti en 1963. Finalmente, a la derecha tenemos a Kim Rossi Stuart (n.1969) quien es el Gatopardo en la versión de Shankland et al de 2024.
La versión de Visconti sigue fielmente la novela de Lampedusa, casi asumiendo que la audiencia ya ha leído el texto ó que, cuando lo lea después de ir al cine, recordará con deleite las escenas de la película. Cuando son buenas novela y película, el orden de los factores no altera el producto diría Jaime Perales. Algo parecido ocurre con la versión de 2024, aunque es menos impactante porque, teniendo la serie más tiempo para recalar en detalles é irse por las ramas, la audiencia se pierde. Tal vez por eso es que Visconti prefería el montaje más corto de su película.
Contrario a lo que mis profes de prepa me dieron a entender, la novela y las películas no nos cuentan la supervivencia del Viejo Régimen, sino su inevitable muerte. Las mujeres y hombres verdaderamente poderosos conocen el origen de su poder y reconocen cuando el manantial se ha agotado. Una escena interesante –tanto en la novela como en las dos kino-adaptaciones que te recomiendo hoy– sucede cuando el Príncipe de Salina está tomando un baño al poco de llegar a su residencia de verano, en el municipio-castillo-palacio de Donnafugata. El padre Pirrone (confesor particular de la familia) le pide audiencia para contarle que su hija mayor, Concetta Corbera, está enamorada de su sobrino, Tancredi Falconeri. (Este tipo de arreglos matrimoniales es una estrategia para mantener unido el patrimonio de una familia pudiente –y se puede realizar mediante permiso de la Iglesia.) El príncipe no se sorprende. Él ya ha visto la creciente intimidad entre su hija y su sobrino. Pero, en la versión de Visconti, el príncipe le contesta a Perroni que un matrimonio así no será suficiente para su sobrino –quien se ha decidido a triunfar en la nueva Italia unida. La dote de Concetta no alcanzará para pagar el tren de vida de un embajador en San Petesburgo ó Viena. Mejor casar al sobrino con alguna de las muchachas de Donnafugata, “tan feuchas, pobrecillas… ¡Pero tan ricas, padre, tan ricas!” El Gatopardo moverá las piezas de su poder declinante para asegurarle un futuro promisorio al más brillante vástago de su familia.
Algo muy difícil de retratar es la debilidad del poderoso-viejo que, ante la inminencia de la transformación, trata de adaptarse a la nueva realidad. La escena que acabo de referirte, lectora, nos muestra a El Gatopardo poderoso: desnudo al salir del baño. Porque sólo los verdaderos aristócratas se muestran ante otros al natural sin problema. Los burgueses y los proletarios siempre andamos ocultando nuestras “vergüenzas”. (Por eso Churchill se regodeaba en pelotas –in Adam’s suit–mientras ejercía el mando supremo en la Inglaterra de 1940 a 1945.)
Pero en la novela, precisamente alrededor de la llegada del Príncipe a Donnafugata, Lampedusa-narrador nos dice mucho más acerca de la debilidad del aristócrata. El autor nos comenta que El Gatopardo se permitió algunas “familiaridades” que nunca antes se le habían visto en público. El seco príncipe de antaño mostraba sentimientos para con sus vasallos. Y Lampedusa escribe: “…en aquel momento, invisible, comenzó la declinación de su prestigio”.
Del mismo modo que el poderoso olisquea que el manantial de su poder se ha agotado, igual hacen los de Abajo. Buena parte del poder político está compuesto de prestigio y por eso es fatal perder este último …
Ligas usadas en este texto:
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