Por José Buendía
LADO A
En El consultor de Im Seong-Sun, el protagonista, aspirante a escritor, es contratado por una compañía para desarrollar historias, a partir de las circunstancias y personajes que le proporcione, en las que la muerte aparezca de manera fortuita. Al avanzar en la historia, se entera de que “los personajes” son reales y que La Compañía se dedica a la “reestructuración” de otras empresas cuyos trabajadores ya no son requeridos.
El escritor, una vez convertido en un experto en “muertes naturales”, decide tomar unas vacaciones en el Congo para ver gorilas y escapar un poco de su vida. Ahí conoce a Jung, un delincuente que en otro tiempo había sido empleado de una gran compañía de tecnología. Su trabajo era recolectar coltán, un mineral indispensable para la fabricación de toda clase de electrónicos de alta tecnología. El Congo era el país que producía más coltán por la minería. Con el boom de los teléfonos celulares creció su demanda, era el mineral más importante de un país que se encontraba en plena guerra civil. Los rebeldes y el gobierno capturaban gente y la obligaban a trabajar en las minas. Salían aviones repletos del mineral y volvían llenos de armas para luchar por el control de las minas, generando un fatal círculo vicioso. Mientras tanto en países más desarrollados la gente se ocupaba comprando y desechando sus teléfonos (aparatos convertidos en íconos de moda y símbolos de estatus). Se alzaron voces contra la injusticia. Se prohibió el comercio con coltán, pero la gente demandaba sus aparatos. Rebeldes y gobierno contrataron traficantes internacionales, las compañías no podían pausar su producción. El mineral se obtenía con el trabajo forzado y la vida de cada vez más personas.
Cuando Jung se hizo consciente del costo real de su negocio, trató de informarlo a sus directivos y para su sorpresa, todos los que estaban en puestos de decisión ya sabían de la situación. Le respondieron: Otras compañías están haciendo lo mismo, así que, ¿cuál es la diferencia si nosotros somos los únicos que no lo hacemos? Solo nos quedaríamos atrás de la competencia, así que no tenemos otra opción.
Hace unos días fue noticia que Daniel Ek, el CEO y fundador de Spotify invirtió 600 millones de euros, en una compañía de drones militares con inteligencia artificial, para acelerar el desarrollo del producto.
¿Quiere decir que escuchar a nuestro artista favorito en este servicio es sinónimo de fabricación de armas para matar a otros seres humanos? Reconozco que de repente no me siento tan cómodo escuchando en Spotify Give peace a chance de John Lennon.
¿Podemos hacer algo como individuos, más allá de cancelar una suscripción, conscientes de que esto no hace la mínima diferencia? ¿Podemos exigirle a este CEO o a cualquier compañía, un comportamiento ético y a los directivos que no gasten su dinero en lo que le plazca? ¿Financiamos el último dron y nos vamos?
LADO B
Pista 1: A finales de abril del 2025, Spotify alcanzó los 268 millones de suscriptores premium a nivel mundial. Cuenta con un total de 678 millones de usuarios activos mensuales incluyendo a los usuarios con publicidad.
Pista 2: Microsoft despidió a dos trabajadoras que protestaron, durante los actos de su 50 aniversario contra la compañía, por vender armas hechas con Inteligencia Artificial al ejército israelí que luego usan en Gaza.
Pista 3: Un informe de Amnistía Internacional titulado “No te preocupes, es una sucursal de Amazon” reveló que Amazon no detectó ni impidió la explotación de más de 700 trabajadores de almacén contratados en Arabia Saudí, los cuales fueron engañados por agentes de contratación, estafados en sus ingresos, alojados en condiciones deplorables e impedidos de encontrar un empleo alternativo o abandonar el país. Como respuesta, Amazon acordó el pago de 1,9 millones de dólares estadounidenses para reembolsar a los trabajadores.

