Perla Ponce
A las doce en punto, cuando el año se apaga, miles de personas comen uvas, arrojan lentejas, muerden canela o sacan maletas a la puerta con la esperanza de que el próximo ciclo sea distinto.
Comer uvas al ritmo de las campanadas, prender velas de colores, colocar maletas fuera de la puerta para atraer viajes o reunirse para despedir el año son rituales que se repiten cada 31 de diciembre en miles de hogares. Más allá de la tradición o la superstición, estas prácticas reflejan una búsqueda compartida de esperanza, control y renovación frente al inicio de un nuevo ciclo.
Desde la sociología, Émile Durkheim explicaba que los rituales cumplen una función esencial en la vida social: fortalecen la cohesión y refuerzan la conciencia colectiva. En momentos simbólicos como el cambio de año, estas acciones permiten que las personas se reconozcan como parte de una comunidad, compartiendo emociones, creencias y expectativas sobre el futuro.
El cambio de calendario no solo marca el paso del tiempo, sino también un cierre simbólico. Los rituales de Año Nuevo ayudan a ordenar la experiencia social, ofreciendo la posibilidad de dejar atrás lo vivido y proyectar nuevas metas. En contextos de incertidumbre, estas prácticas brindan una sensación de continuidad y estabilidad emocional, reforzando los lazos sociales.
No obstante, el especialista Humberto José Rivera Montoya señala que, en la sociedad contemporánea, estas celebraciones también están atravesadas por una lógica productiva y consumista. El Fin de Año se convierte en un momento para evaluar logros, pendientes y fracasos. Aunque para algunos resulta motivador, el experto advierte que existe el riesgo de que los rituales pierdan su sentido colectivo y se transformen en actos mecánicos o de consumo, debilitando su función social original.

