Influencers sin credenciales, medicamentos de moda y decisiones basadas en likes: la alimentación en la Argentina está siendo reconfigurada por reels, el bolsillo y la falta de regulación.
“Si lo dice TikTok, debe ser cierto”. La frase circula con sorna entre profesionales de la salud, pero resume con precisión una preocupación real: cada vez más personas, sobre todo jóvenes, toman decisiones alimentarias basadas en contenido viral sin respaldo científico. En la Argentina, donde el exceso de peso alcanza a más del 65% de la población, según proyecciones actualizadas de la Fundación Iberoamericana de Salud Pública (FISP), basadas en la última Encuesta Nacional de Factores de Riesgo, los hábitos ya no se definen solo en la mesa: se moldean en la pantalla del celular.
El fenómeno es masivo y creciente. Según datos de Kantar IBOPE Media, seis de cada diez argentinos revisan sus redes sociales todos los días y un 35% lo hace más de diez veces por jornada. El tiempo frente a la pantalla influye en lo que consumimos, no solo en términos de contenido, sino también de comida.
La doctora Elena Pastor Manfredi, directora de Nutrición de FISP, advierte que hoy “la nutrición ya no se juega solo en el plato, sino también en el feed de las redes sociales”. Frente al avance de la obesidad, sostiene, los enfoques deben dejar atrás las dietas convencionales y abordar el fenómeno con una mirada más integral: con base científica, pero también crítica del entorno digital.
En TikTok, Instagram y YouTube se multiplican las recomendaciones de dietas exprés, suplementos milagrosos, listas de alimentos “prohibidos” y, en los últimos meses, una peligrosa tendencia: el uso recreativo o sin prescripción de fármacos como la semaglutida, promovidos como soluciones instantáneas para bajar de peso. Según Pastor Manfredi, estos medicamentos, que pueden ser útiles bajo supervisión médica, están siendo trivializados por voces sin formación, lo que expone a los usuarios a riesgos innecesarios. “La circulación de mensajes sin respaldo puede tener efectos negativos en la salud física y emocional. El problema no es la digitalización en sí, sino la falta de criterio para filtrar lo que consumimos”, advierte.
La lógica algorítmica amplifica esta distorsión: se privilegia lo emocional, aspiracional o polémico por encima del rigor. Así, muchas veces los contenidos más compartidos no provienen de especialistas, sino de cuentas que logran mayor alcance. “Hoy las decisiones alimentarias se toman más por lo que genera likes que por lo que dice la ciencia”, resume la médica.
En paralelo, los costos condicionan la posibilidad real de seguir hábitos saludables. Los datos del estudio Worldviews 2025, realizado por WIN International junto con Voices! en Argentina, revelan que el 60% de los argentinos redujo el consumo de golosinas y el 54% disminuyó la comida rápida. A simple vista, podrían parecer avances. Pero el mismo estudio advierte que también cayó el consumo de carne (31%), productos lácteos (27%) y frutas y verduras (16%), especialmente en los sectores más vulnerables. Constanza Cilley, directora ejecutiva de Voices!, señala que “los datos de Argentina revelan una tensión entre el deseo de llevar una alimentación más saludable y los condicionamientos económicos que lo dificultan”.
El bolsillo impone límites. Solo el 16% de los argentinos declara tomar suplementos vitamínicos de forma regular, muy por debajo del promedio global (34%) y de países como Estados Unidos (57%), Canadá (52%) o Finlandia (56%) —según el mismo informe global de WIN de mayo de 2025—. El consumo frecuente de vitaminas crece entre mujeres (21% frente al 11% de los hombres) y personas de mayor edad, pero se desploma entre jóvenes y sectores con menor nivel educativo.
Más allá de lo económico, la cultura digital también transforma la noción misma de lo que significa “comer bien”. En lugar de educación alimentaria sostenida, aparecen modas efímeras: ayunos mal entendidos, recetas milagrosas, mitos sobre alimentos que engordan o desintoxican. La saturación de contenido fragmentado, muchas veces contradictorio, deja a los usuarios sin herramientas para discernir qué es confiable.
En ese contexto de sobreinformación emocionalizada, la voz de los profesionales se diluye. “Antes teníamos un problema de falta de información; ahora tenemos demasiada información errónea, y eso es mucho más peligroso”, alerta Brian Cavagnari, médico y doctor en Ciencias Biológicas por la UBA.
“Muchas veces se recomiendan dietas hiperrestrictivas o productos mágicos sin ningún tipo de aval. El problema no es que la gente cuente su experiencia: lo riesgoso es creer que una historia personal es equivalente a una evidencia científica. Y no lo es”, agrega.
Para Cavagnari, los mensajes sin base profesional tienen un impacto creciente en las decisiones alimentarias, y eso choca con la complejidad que exige la nutrición basada en evidencia. “La fisiología humana es compleja, pero el ser humano prefiere soluciones simples. Si vos explicás que para lograr un cambio se necesita tiempo y esfuerzo, y al lado tenés a alguien que te vende un polvo mágico para no engordar comiendo torta, es lógico que muchos prefieran la segunda opción. Pero eso no es ciencia”.
Sin embargo, el especialista también reconoce el potencial de las herramientas digitales: “Hoy las apps pueden registrar lo que comés, calcular nutrientes, medir sueño, estrés, actividad física… todo eso puede volverse muy útil. Pero también hay riesgos enormes: dependencia tecnológica, uso indebido de datos personales y, sobre todo, la falta de supervisión profesional. Si no hay médicos o nutricionistas detrás de esas plataformas, no podemos hablar de salud, sino de negocio”.
La clave, insiste, es que los profesionales ocupen el espacio digital con contenido confiable: “Muchos investigadores no queremos o no sabemos comunicar en redes. Pero si no lo hacemos nosotros, lo hacen otros. Hay que asumir esa responsabilidad. Existen buenos ejemplos de ciencia bien contada en plataformas digitales. Y ese es el camino”.
Esa tensión entre la potencia de las herramientas digitales y sus riesgos también interpela a quienes trabajan en el campo de la nutrición todos los días. Para el licenciado Juan Ignacio Konaszczuk, nutricionista clínico, la tecnología puede ser una aliada poderosa, pero nunca un reemplazo del vínculo profesional.
“Hoy tenemos herramientas que nos permiten acelerar el trabajo, armar planes, comparar alimentos, automatizar procesos… Pero todo eso necesita supervisión. Nada reemplaza la escucha, la empatía, la capacidad de poner en contexto lo que le pasa a una persona. La nutrición no es solo un dato: es emoción, es historia personal, es estrés, es vida cotidiana”, afirma.
Konaszczuk destaca que el desafío no es resistirse a la tecnología, sino usarla con sentido crítico y humanidad. “Lo que no puede pasar es que alguien crea que ya no necesita ir al nutricionista porque tiene una app. O que confíe ciegamente en el dato aislado que le devuelve una herramienta que no contempla su realidad. A mí me pasó de probar un sistema de IA que me tiró un diagnóstico terrible para mi perra, y resultó que no tenía nada. El profesional pregunta, escucha, pone en contexto. La tecnología, no”.
También advierte sobre los mensajes que ofrecen soluciones sin esfuerzo. “La gente quiere resultados rápidos, y los gurús de redes sociales venden eso. Pero lo que realmente funciona es lo respaldado por la ciencia. Y el desafío no es solo el contenido, sino el canal y el tono con que llega. Ahí es donde nosotros tenemos que estar presentes, sin creernos eminencias, pero con compromiso real”.
Con Información de TN.

