Felipe Morales
El deporte del boxeo está de luto tras el ya conocido y comentado fallecimiento trágico de una de sus más firmes promesas: Josué David Hernández.
La noticia del suceso se difundió rápidamente, primero como nota roja, como un hecho sangriento de esos que lamentablemente suceden a diario; pero conforme pasaron las horas y al identificar a la víctima se descubrió que se trataba de un deportista destacado, un boxeador.
Y así los titulares, los fríos encabezados: “boxeador es asesinado”.
El boxeo es practicado por los humildes, por los que tienen hambre de todas las formas como se pueda entender la palabra “hambre”.
José David pertenecía a esta legión, quería salir adelante, triunfar y calmar el hambre, de triunfo y de la otra, la de las privaciones.
Tenía un ejemplo a seguir: el boxeador profesional potosino Jonathan “El Titán” Rodríguez, su maestro y confidente, su primer ídolo en el mundo del pugilismo.
Josue David era un chavo de barrio, casualmente de la misma colonia de donde es nativo otro boxeador popular y estimado entre “la banda”: Luis “El Crash” Acuña, a quien el boxeo rescató de las garras de la drogadicción.
Aún le faltaba tiempo para un debut en el profesionalismo, era su meta, iba lento pero firme; la mañana de este miércoles iniciaría con su acostumbrado entrenamiento con salir a correr; no hubo amanecer para él… en la madrugada le segaron su existencia.


