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Opinión

Ver para pensar: Intercambio de princesas

Federico Anaya Gallardo

Querida lectora, la semana pasada te conté de François Vatel (1631-1671), hijo de un labrador que aprendió repostería en la casa de un padrino y que se colocó por sus propios méritos en las casas de la alta burocracia nacida alrededor de los grandes ministros de la monarquía francesa (Richelieu y Mazarino). Fue el cocinero más famoso de su tiempo pero se suicidó al creer que no tendría el pescado para el banquete de vigilia que había planeado para una visita del Rey en Abril de 1671. Una de las fuentes de esta tragedia, la señora de Sévigné, relató que apenas constatada la muerte del gran chef, este fue sustituido y que ella y los demás convidados: “cenamos muy bien, merendamos, cenamos, caminamos, jugamos, salimos a cazar. Todo estaba perfumado de narcisos, todo estaba encantado. [El] sábado, volvimos a hacer lo mismo”. (Liga 1.)

¿Quiénes son el “nosotros” de Madame de Sévigné? La aristocracia francesa cuyas familias llevaban siglos disputándose tierras, rentas y precedencia, alegando poseer un linaje más antiguo y más venerable que las demás. En Un espejo lejano: el calamitoso siglo XIV (1978), Bárbara Tuchman recuperó el linaje y la biografía del último Signeur de Coucy, Enguerrand VII (1340-1397). Era un caso ejemplar de la nobleza feudal europea: arrogante y explotador de sus siervos, absorto en disputas mezquinas con otros nobles é incapaz de vencer a enemigos militares bien organizados.

Ahora bien, el problema no era la conducta individual de estos nobles, sino el espacio cultural en el que socializaban y se reproducían como clase. La última parte de Un espejo lejano nos cuenta el fracaso de la Cruzada de Nicópolis (1391-1396). Los aristócratas franceses é ingleses (en realidad eran lo mismo) estaban tan pagados de sí mismos que suponían que la expedición era un paseo. Recorrieron el Danubio lentamente, en medio de juergas, permitiendo que los otomanos se preparasen. Despreciaron los consejos de los cristianos locales, que llevaban años peleando con el Turco. Esa fue la última cruzada y un  aviso para los pobres de los campos y las ciudades de Europa occidental. La ferocidad de sus señores era sólo una apariencia. Los siglos que siguieron fueron tiempos de revueltas é inestabilidad social.

Sin embargo, ni las derrotas ante el Turco, ni los levantamientos campesinos y burgueses afectaron la soberbia de la nobleza occidental. Contra toda lógica, como clase compacta, los aristócratas persistieron en su clasismo. Un reflejo muy reciente de esto lo puedes ver, lectora, en un clip extraído del capítulo 3 de la cuarta temporada de la serie inglesa Downton Abbey (2013, creada por Julian Fellowes) adonde una condesa viuda (Maggie Smith) le explica a un común (Tom Branson/Allen Leech) cómo debe dirigirse a una duquesa:

Condesa: “—No le diga ‘Su Gracia’.”

Tom Branson: “—¿Qué no era lo correcto?”

Condesa: “—Lo es, para un sirviente ó un oficial en ceremonia. Pero en un encuentro social, dirígete a ella como ‘Duquesa’.”

Tom Branson: “—Pero, entonces, ¿le puedo decir a Usted ‘condesa’?”

Condesa: “—¡Por supuesto que no!”

Tom Branson: “—No tiene lógica.”

Condesa: “—Si algún día anduviese yo buscando lógica, no lo haría entre la clase alta inglesa.” (Liga 2, minuto 1:00.)

En realidad, sí hay una lógica. La lógica de la soberbia. En cualquier sociedad humana, las aristocracias establecen los modos en que el resto de la sociedad debe tratar a “los superiores”. No hay otra lógica que la que enlaza la prepotencia (del de Arriba) con la sumisión (del de Abajo). Buscar en esto una lógica funcional –que sea entendible para cualquier ser humano racional y razonable– es una tontería. Para el noble europeo, el resto de la sociedad no era realmente humana. En esto, la escena cinematográfica más terrible que he encontrado se puede ver en La Reina Infiel del danés Nicolaj Arcel (2012) cuando el ministro Struensse y la Reina Carolina Matilda de Dinamarca encuentran, durante un paseo, a un par de campesinos ejecutados por faltarle al respeto a sus señores.

Regresemos a la Francia de los siglos XVII y XVIII. Luego de las guerras civiles inter-nobiliarias del siglo XVI, el absolutismo francés dominó a los nobles levantiscos encerrándolos en la Corte de Versalles. Allí dentro, sólo se hacían daño entre ellos. Este arreglo político permitía a la Corona actuar libremente en el territorio: Cobrar más impuestos de modo más eficiente, fomentar la industria y el comercio, armar un mejor ejército, crear una marina de guerra, organizar la colonización del norte de América y el Misisipi, explorar Oceanía. El arreglo funcionó aceptablemente durante el reinado del Gran Luis. De esto nos da cuenta Pierre Goubert en Louis XIV et Vingt Millions de Français (1966). Pero al final de la vida del Rey Sol, cuando la enfermedad lo tumbó en cama, el poder quedó en manos de los cortesanos.

El fundador de la dinastía borbón, Henri IV, recordaba siempre que su reino sería fuerte si en cada hogar campesino había un pollo para comer cada Domingo. Esa sensibilidad (y no sólo aquello de París bien vale una misa) salvó su reino. Su nieto Luis XIV desplazó a la monarquía hispánica como la superpotencia europea, pero el esfuerzo agotó a su Pueblo. Sus nobles no entendían el problema social y tampoco eran parte de su proyecto geopolítico. Por ejemplo, uno de sus cortesanos más famosos (¿acaso su hijo ilegítimo?), el príncipe Eugenio de Saboya (1663-1736) terminó como uno de los grandes generales de los ejércitos austríacos y acompañó al británico Marlborough en el triunfo de Blenheim (1704). Contener a la nobleza encerrándola en una corte fastuosa, por otra parte, causó un desastre fiscal. El Gran Luis murió en 1715. Así las cosas, lo raro es que la explosión haya ocurrido hasta 1789 –setenta y cuatro años más tarde.

En L’Échange des Princesses (Cambio de Reinas, Los hijos del Rey, en realidad, Intercambio de princesas) dirigida por Marc Dugain en 2017 a partir de una novela de Chantal Thomas de 2013, vemos cómo Versalles se volvió una prisión no sólo para la nobleza, sino para los herederos del Gran Luis. La puedes encontrar en venta ó renta en Amazon Prime.

La película inicia en 1712 con una mujer madura que se niega a entregar a un niño a tres hombres. Se trata de Madame de Ventadour (interpretada por Catherine Mouchet, n. 1959) quien era la gobernanta del segundo de los hijos del nieto de Luis XIV. La mujer acusa a los hombres de haber matado a la familia del pequeño de apenas dos años. Su padre y su madre, los Duques de Borgoña y herederos al trono, acababan de morir de sarampión. Su hermano mayor, Luis Duque de Bretaña, también se había contagiado y muerto. El pequeño también había enfermado. Ventadour lo sacó adelante. Tres años más tarde, ese bebé sería proclamado Rey como Luis XV.

Se trataba del tercer Luis que empezaba niño su reinado, sólo que ahora no había ministros como Mazarino ni Reina Madre española que asegurase las fronteras. Peor: Como el Gran Luis –después de una guerra general europea– había colocado a uno de sus nietos como Rey de España (Felipe V) ahora el peligro era que, si el rey-niño francés moría sin descendencia, el borbón español trataría de unir ambos reinos (lo que llevaría a una nueva guerra general europea). La regencia francesa la encabezaba un tío abuelo del niño-rey, quien moriría cuando este tenía apenas 13 años.

Fiel a la primera escena, la película de Dugain se concentra en las emociones íntimas del niño-rey, interpretado por Igor van Dessel (n.2003). Cuando su viejo ayo le reporta al niño-rey que su gato se ha comido a uno de sus pajarillos, el monarca ordena se le imponga el peor castigo. El viejo pregunta que cuál es. Luis XV responde: “—Acompañarme en el Consejo de Regencia”. Un paje sostiene al felino en lo que entran los consejeros. El rey-niño se queja: “—No he terminado mis reflexiones”. ¿Cuáles? El niño miraba en silencio los inmensos y vacíos jardines de Versalles.

La Regencia arregló que ese rey-niño de once años se casara con la Infanta Mariana Victoria de España –su prima-hermana, hija del Rey de España, que apenas tenía tres. A cambio, Francia mandó a Madrid a una de las hijas del Regente. (De allí, el nombre de la novela y la película.) Este arreglo duró apenas cuatro años. En algún momento, mientras posan para un retrato juntos, la infanta-reina le dice al rey-niño que extraña a sus padres. Luis XV responde secamente: “—Debería Usted agradecer que están vivos”. La pequeña le abraza. El niño la separa y le dice: “—Vamos, señora, vamos. Que debemos mostrarnos como nos verá el mundo dentro de un siglo”.

Un año y medio más tarde, el Regente ordena que el ayo del rey-niño se vaya. Luis XV está a poco de alcanzar la mayoría de edad (de acuerdo con el testamento de su bisabuelo) a los trece años. El monarca acepta la decisión, pero le contesta: “—En la víspera de mi mayoría, me niego a dormir sólo”. Un cardenal, miembro de la regencia, lo acompañará esa noche. El guión de Thomas & Dugain subraya el terror a la muerte en la soledad.

Cuando muere el Regente, el rey-niño exclama: “—¡¿Por qué se mueren todos a mi alrededor!?” Y cuando otros nobles tratan de ganar la precedencia, descubren que el rey-niño es más viejo que lo que aparenta: “—Señor Duque, recuerde Ud que si no tiene nada qué decir es mejor guardar silencio”. ¿Una señal de sabiduría? Tal vez no, pues en otro momento el rey-niño aclara a sus consejeros que el no piensa nada, y que eso le permite evitar rodeos que no llevan a nada. Una señal de profunda melancolía.

Una magnífica película que hila sobre un retrato plausible y creíble del rey-niño francés. Una escenificación exitosa, aunque no se usó Versalles. Caracteres redondos y claros. Y, detrás de la melancolía del monarca, el vacío de una Corte llena de nobles inútiles.

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:

https://www.gutenberg.org/files/43901/43901-h/43901-h.htm

Liga 2:

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