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Opinión

Ver para Pensar: El Honor del Estado y la vergüenza del colaborador

Federico Anaya Gallardo

Ya lo había olvidado, pero en la Primavera de 1981, cuando estaba en la preparatoria marista de la ciudad de México ví por vez primera la obra de teatro Becket ó El Honor de Dios del francés Jean Anouilh (1910-1987). Yo estaba en primer año y la pusieron en escena un grupo de estudiantes de segundo. El carácter que más me impresionó fue Jorge Saucedo –aunque en este momento no podría decir si él interpretó al arzobispo-mártir Tomás Becket ó al rey asesino de arzobispos Enrique II Plantagenet. Que no pueda yo recordar eso no sólo es testimonio de mi mala memoria; sino indicación de lo superficial que era la educación política que nos daban nuestros profesores. Pese a la ligereza cultural ambiente, debemos reconocer que la generación de Jorge Saucedo en el Centro Universitario México (CUM) no salió mal. Consultando el anuario descubro que mientras Saucedo estaba en el salón 117 (a cargo del profesor marista Alberto Orozco) en el salón 107 estaba Sergio Vela (a cargo del profesor laico Ángel González). A Vela le debemos –en mi humilde y no-docta opinión– los magníficos montajes de las cuatro óperas de El Anillo del Nibelungo de Richard Wagner en Bellas Artes entre 2003 y 2006.

Regresé a mis memorias preparatorianas porque, dando la vuelta por la www, encontré la adaptación cinematográfica de la obra de Anouilh realizada en 1964 por el director británico Peter Glenville (1913-1996). Aparecen en ella Richard Burton (1925-1984) como Becket y Peter O’Toole (1932-2013) como Enrique II Plantagenet. La puedes ver en Одноклассники (Odnoklassniki.ru) gracias a “Raul Portela” con buenos subtítulos en Castellano. (Liga 1.) La cinta dura dos horas y media y sigue un guion del estadounidense Edward Anhalt (1914-2000). Fue producida por Hal Wallis Productions para el estudio Paramount Pictures. Nóta, querida lectora, que el director y el guionista de la versión cinematográfica son angloamericanos pero contemporáneos del autor francés.

La película tuvo éxito comercial y reconocimiento. Los ingresos por taquilla triplicaron la inversión total. Tuvo diez nominaciones al Óscar y seis a los premios BAFTA. Anhalt ganó el Óscar a la mejor adaptación para cine (es exacta y magnífica) y la producción se llevó lo que ahora se llaman tres BAFTAs por dirección artística (John Bryan), diseño de vestuario (Margaret Fuse) y fotografía (Geoffrey Unsworth). Sin duda, la escenificación es impresionante. Recuerda, lectora, que este filme sale al año siguiente del estreno de la Cleopatra del estadounidense Joseph L. Mankiewicz (1909-1993) –la película que casi quiebra a la 20th Century Fox. Otra vez, nota cómo coincide el grupo etario, la generación de los nacidos justo antes de la Primera Guerra Mundial. Analicemos algo más de ellos.

El francés Anouilh, nacido en 1910 en Burdeos, era hijo de un sastre y de una pianista profesional de la Gironda, en el suroeste de Francia. Durante la primera postguerra, pasó su adolescencia en París como estudiante del Collège Chaptal, hoy Lycée Chaptal, una preparatoria fundada en la primera mitad del siglo XIX destinada a formar cuadros para el comercio y la industria. (A principios del siglo XX se distinguía por NO enseñar Latín.) Cuando Anouilh estudiaba en Chaptal hacia 1925, un exalumno de esa misma institución (hacia 1912), hijo de un gendarme de Tinchebray (Normandía) y quien respondía al nombre de André Breton (1896-1966), iniciaba en París la Revolución Surrealista.

Estudiar la preparatoria en el París de los 1920s debe haber sido una experiencia excepcional. La generación previa había sido reclutada para la carnicería de la Primera Guerra Mundial y los sobrevivientes reaccionaron contra ese absurdo renovando las artes. Algunos, como Breton –quien había descubierto el psicoanálisis poco antes, buscaron liberar la creación cultural de las cadenas de la Razón positivista é incluso apoyaron la revolución soviética. La Wikipedia francesa nos informa que Anouilh escribió en 1960, en un artículo para la revista Voix des poètes, que en aquéllos años 1920s de experimentaciones él quedó fascinado al leer el libreto de Jean Cocteau (1889-1963) para el ballet Les Mariés de la tour Eiffel (Las bodas de la Torre Eiffel) que ese autor “venait de me faire un cadeau somptueux et frivole : il venait de me donner la poésie du théâtre” (me regalaba algo suntuoso y frívolo: me entregaba la poesía del teatro).

La Wikipedia francesa nos informa también que Anouilh conoció en su preparatoria al actor Jean-Louis Barrault (1910-1994) quien en los años 1930s colaboraría con Breton y Pablo Picasso (1881-1973). Sin embargo, mientras Breton se exilió luego de la derrota francesa en 1940 y trabajó para la causa aliada desde las Américas, Picasso, Cocteau, Barrault y Anouilh permanecieron todos en la Francia ocupada por los nazifascistas. Sobre todos ellos cayó la sospecha de colaboracionismo. Barrault, por ejemplo, fue una de las estrellas de la pequeña cadena de televisión instalada por el gobierno alemán en París (Fernsehsender Paris) en 1943 y 1944. Cocteau fue invitado a los programas de ese espacio y, de acuerdo al historiador suizo Philippe Burrin estuvo fascinado con Hitler… a quien Cocteau veía como “un político todopoderoso, al mismo tiempo que mecenas y protector de las artes”. (La France à l’heure allemande, 1995, capítulo 22.)

En la introducción de su libro, Burrin nos recuerda que fue el Mariscal Pétain quien introdujo en el discurso público la palabra Colaboración cuando –luego de encontrarse con Hitler el 30 de Octubre de 1940– declaró : “Entro hoy en la vía de la colaboración”. Los medios alemanes adoptaron el término de inmediato (Kollaboration) y luego el concepto pasó al resto de las lenguas europeas como equivalente a aliarse con el nazifascismo. Al final de la Segunda Guerra Mundial se había vuelto sinónimo de traición. Era obvio, sin embargo, que Pétain no quería traicionar a SU Francia. (Una Francia católica y reaccionaria, aterrada por la amenaza comunista.)

Ahora bien, quienes recordamos aquélla historia desde los cómodos sillones del siglo XXI, debemos considerar el hecho inevitable é innombrable de la “défaite stupéfainte”, esa derrota impresionante que aturdió a la orgullosa Nación francesa en Junio de 1940. Burrin cierra la introducción a su libro recordándonos que “cualquier historia del periodo debe incluir la opacidad del futuro [como lo percibían los sujetos], la movilidad del pensamiento, el temblor con que se tomaban decisiones, la tentación de acomodarse. La Ocupación puso a prueba a la totalidad de la sociedad francesa. Dio pie a reacciones de signo contrario [la Resistencia] pero también produjo actitudes fluidas, inciertas, ambivalentes. Pero a nadie se le dispensó elegir.”

Entre 1940 y 1944, el ocupante alemán de Francia buscaba mostrar al mundo que el “nuevo Estado” nacionalsocialista podía ser agradable. En la cultura popular francófona que ha sobrevivido de esos días oscuros todavía puedes ver la historieta Tintín y la Estrella Misteriosa de Hergé –publicada en entregas por Le Soir Volé (un periódico colaboracionista belga) de Septiembre de 1941 a Mayo de 1942 –justo en los días en que Todomundo pensaba que la Alemania nazi se impondría en la guerra. La versión de postguerra de esa historieta ha eliminado las peores alusiones antisemitas, pero aún puede verse cómo la “buena Europa” civilizada marcha junta en contra de una conspiración judío-estadounidense. (Puedes consultar ese ejemplar en la Liga 2.)

Frente al antiguo enemigo francófono, Berlín deseaba mantener el orden y divertir a la población, Una circular militar de Marzo de 1942 subrayaba la decisión de Hitler de “distraer y hacer olvidar la Ocupación” entre las audiencias. Pero había algo más, nos explica el suizo Burrin: se trataba de “excitar los elementos de decadencia que afortunadamente [para el ocupante] estaban tan activos en la sociedad francesa … aprovechándose de todas las grietas”. Por ejemplo, se autorizaban filmes que provocarían protestas de las Ligas de Decencia y el ocupante aprovechaba para sistematizar quién protestaba. (La France à l’heure allemande, capítulo 21.) Una de las fallas más evidentes en la sociedad culta francesa era la natural tendencia de los intelectuales a creer que sin su obra moriría la cultura francesa. Jean Guéhenno (1890-1978) –un escritor que se unió a la Resistencia– criticaba a quienes insistieron en publicar bajo la Ocupación sin percatarse que toda la Francia y toda la Europa estaban en prisión.

Volvamos a Anouilh y su Becket. En 1937 el joven autor enamorado del teatro gracias a Cocteau acababa de cosechar sus primeros éxitos a los 27 años y no salió de Francia. En el primer otoño de la Ocupación (1940) sus obras son bien recibidas. Su estilo entretenía a las audiencias. Sólo en 1942 Anouilh empezará a escribir algunas líneas más políticas en una versión moderna de Antígona… Esta obra se estrenó a principios de 1944 –aún bajo la Ocupación– y el periódico clandestino Les Lettres Françaises lo denunció como “pieza vil, obra de un Waffen-SS”. Años más tarde, Anouilh sospechaba que esa reseña fue escrita por Breton.

Los hechos parecen claros. Anouilh colaboró con los nazi-fascistas y sus compatriotas lo reprobaron. El autor guardó el resentimiento por el juicio. Y esto último se refleja en su Becket ó El Honor de Dios .

Los hechos históricos duros detrás de la puesta en escena.

Tomás Becket (1118-1170) era un noble normando, parte de la nueva élite llevada a Inglaterra por Guillermo El Conquistador luego de su victoria contra el último rey anglosajón (Harold) en Hastings en el año 1066. Tres generaciones después y luego de una dura guerra civil entre aristócratas normandos, un bisnieto de El Conquistador, Enrique II Plantagenet (1133-1189), quince años menor que Becket, se hace con el trono inglés y conquista la mitad de Francia. Becket fue un consejero político que ayudó a consolidar el poder de la Corona en contra de sus enemigos normandos y franceses. Pero en 1162 el rey Enrique nombra a Becket como Arzobispo de Canterbury -la cabeza del episcopado británico. El Plantagenet creyó que su asesor normando le ayudaría a controlar a la Iglesia. Pero, como cabeza de la Iglesia de Inglaterra, Becket defendió los derechos del clero. El rey lo mandó matar. El Papa canonizó al arzobispo mártir. El rey debió hacer penitencia en la tumba del nuevo santo (lo flagelaron monjes benedictinos), pero luego utilizó el culto al mártir para consolidar su control sobre todos los ingleses. Por tres siglos, la nobleza británica habló Francés-Normando y el Anglosajón sólo fue usado por el campesinado.

El Becket de Anouilh no es normando, sino anglosajón. Este “error” histórico le permite al dramaturgo francés abordar el problema del colaboracionismo. Puedes leer una versión Castellana de la obra de teatro original en la Liga 3. En ella, Enrique y Becket tienen la misma edad y son los mejores amigos (con cierta carga homoerótica, por cierto). Al inicio del drama, Becket le explica a su amigo que “mis progenitores, para conservar sus bienes y propiedades, aceptaron «colaborar» con el Rey, vuestro padre, y me enviaron a Francia muy joven”, agregando que su padre “supo hacer, colaborando, una gran fortuna”. El rey le pregunta cómo concilia honor con colaboración. Becket señala que es práctico: como ahora es poderoso (y amigo del monarca) puede matar a cualquier noble normando que ataque a su familia. (Acto Primero, Cuadro Primero).

Más adelante, el Becket de Anouilh se enfrenta a un frailecillo anglosajón… que ha llegado desde Hastings con la intención de matarle por colaborador. Es tan pequeño y torpe, que lo atrapan. Apenas tiene 16 años. Becket lo interroga y le explica: “—Por mi profesión he visto torturar a mucha gente. Cree uno que podrá resistir. Pero los que torturan son muy ingeniosos y conocen la anatomía del hombre mucho mejor que todos los bestias de nuestros galenos. Cree uno que podrá resistir, pero al final siempre se acaba por hablar.” El muchacho quiere matar a Becket para liberarse de su propia vergüenza como parte de un pueblo vencido. Becket lo regaña: “—Hace cien [años] que los normandos ocupan la isla. Es antigua la vergüenza. Tu padre y tu abuelo la bebieron antaño. La copa está vacía.” Luego, le ordena al muchacho que le escupa. El chico lo hace. Becket lo perdona y lo retiene junto a sí mismo explicándole: “—Tu vida para mí no tiene ningún valor, pero ocurre tan pocas veces que el destino nos ponga delante a nuestro propio fantasma…” (Acto Primero, Cuadro Segundo)

Para mí, lectora, la historia del “Honor de Dios” encarnado por Becket y la confrontación con la “Razón de Estado” que representa Enrique II Plantagenet es sólo una excusa de Anouilh para abordar SU problema personal con la Colaboración y la Ocupación. Y su visión del asunto no es bonita.

Al final de la obra (y en la película de Glenville), cuando Becket-arzobispo espera a los asesinos enviados por el rey, el frailecillo lo acompaña armado con un cuchillo de cocina. Becket reza: “Señor, impedisteis a Pedro que empleara su cuchillo en el huerto de los Olivos. [Mira de soslayo al Frailecillo.] Yo no le privaré de esa alegría.” La cosa es que el muchacho se lleve consigo al menos a un noble normando –para vengar la vergüenza de su Pueblo derrotado. NADA. Al chico lo atraviesan de una sola estocada. Anouilh hace decir a Becket: “¿Ni siquiera a uno? Le hubiera hecho feliz, Señor…”

Como ves, lectora, el colaborador Anouilh no habla del siglo XII…

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://ok.ru/video/2395680803352

Liga 2:
https://es.scribd.com/doc/311053397/09-Tintin-La-estrella-misteriosa-pdf

Liga 3:
https://es.scribd.com/document/459601533/Becket-o-El-honor-de-Dios-Jean-Anouilh-pdf

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