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Ver para Pensar: San Alexis

Federico Anaya Gallardo

Si el universalismo liberador bolchevique fue un cohesionador social efectivo su romanticismo no eliminó los horrores históricos de la opresión concreta de los mongoles sobre los eslavos, cuya memoria pervive en la Rusia moderna alimentando un peligroso etno-nacionalismo.

Para entender el dolor heredado por el vasallaje ruso ante el kanato, vale la pena ver una película: Horda (Орда, Orde) de Andrei Proshkin (2012). Este ejercicio cinematográfico –se rumora– fue financiado por la iglesia ortodoxa rusa para exaltar la imagen de San Alexis (1292-1378), quien era patriarca nominal de la destruida Kiev y quien residía en la pobre Moscú.

(Liga 1.) Si Proshkin debía hacer una hagiografía, la realizó de un modo elegante y paradójico. Si Alexis era verdaderamente santo, es improbable que estuviese orgulloso de serlo –al contrario. Así las cosas, el filme nos muestra cómo en una ocasión (1354 o 1357), los soberanos mongoles impusieron al príncipe de Moscú un tributo especial: su patriarca debió viajar a Sarai para devolver la vista a la madre del Kan (Тайдула, Taidula, quien ejercía el poder detrás de sus hijos).

La película cuenta la travesía de la periferia boscosa dominada al gran centro urbano en la estepa regada por el gran río Volga. Y nos muestra el inicial fracaso de Alexis. Para recalcar la fragilidad que subyace en la verdadera santidad, el director nos muestra el dominio total de El yugo tártaro (татарское иго, tatarskoe igo): la esclavitud de los eslavos en la capital mongola, la humillación constante, la arbitrariedad del trato, la animalización y desprecio por trabajadores que pueden ser sustituidos inmediatamente por cautivos traídos por la siguiente caravana.

Es en esa abyección y en esa pobreza absoluta en la que el sacerdote, orgulloso hijo de boyardo moscovita, encuentra la humildad para rezar con verdad a su Dios. Sólo entonces el milagro ocurre y Taidula recupera la vista. El Kan cumple su palabra: manda al religioso y a su asistente de vuelta a Moscú. El asistente va cubierto de una rica capa de seda labrada con un comodísimo forro de zorra siberiana. Nosotros sabemos que el patriarca llevaba un certificado en mongol-uigur exentando de impuestos a la iglesia. (Este detalle lo omitió Proshkin, pero al inicio y fin del filme usa grafías uiguras –un “alfabeto” completamente desconocido para nosotros, que se escribe en columnas verticales.)

Si Kirill I, el actual patriarca de la “Tercera Roma”, planeó Horda como apología política, falló. Aparte de la brutalidad de los mongoles, Proshkin muestra las diferencias entre la ciudad mongola y Moscú. En Sarai se hablan varias lenguas y se escriben con varias grafías (uigura, china, árabe, cirílica, latina). Los moscovitas sólo hablan ruso y nadie lo escribe (los poquísimos  sacerdotes leen y escriben en cirílico una lengua distinta, el eslavónico).

Los mongoles aprenden de todos –aún del extrañísimo “chamán” cristiano– mientras los eslavos rezan ritualmente sin esperanza ante íconos meta-humanos. Sarai es un centro de comercio global y el Kan experimenta con cañones. Moscú es habitada por comerciantes que apenas si se distinguen de sus primos campesinos. El centro geopolítico no era Moscú sino Sarai; y más al Este, 北京 (Beijing, la fabulosa Kanbalik de Marco Polo).

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:

Imágenes tomadas de www (wikipedia; facebook & seance.ru):

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