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Opinión

Ver para pensar: Tradicionalistas contra la ciencia

Federico Anaya Gallardo

¿Cuándo podemos decir que tenemos un autor favorito? Una de las señales es que, al encontrar un nuevo título saltamos a revisarlo preguntándonos ¿qué cosa interesante nos va a contar ahora? Esto me pasa con Agnieszka Holland. La conocí en 1991 con su Europa, Europa. La tuve en mi radar, con cierto sistema, por un corto tiempo. El segundo filme que le conocí, fue su Olivier, Olivier (1992) adonde la directora polaca saltó a la época contemporánea para contarnos una insólita (pero real) historia de niño perdido y adolescente aparentemente encontrado. Estaba basada en un hecho real de 1984 que recreaba sin quererlo la trama medieval del Martin Guerre de André Vigne (1982) –otro hecho improbable pero histórico. Un año más tarde, en 1993, la Holland que relata extraños eventos reales saltó a la fantasía victoriana, filmando una bellísima versión de El Jardín Secreto de Frances H. Burnett (1911), bajo los auspicios de Francis Ford Coppola y su American Zoetrope. Pero de estas dos películas habrá que hablar en otra ocasión.

Hace unas semanas, estaba yo paseando por Amazon Prime cuando llamó mi atención el póster de Charlatán (Šarlatán, 2020), dirigida por Agnieszka Holland. Me asaltó la curiosidad que te digo, lectora. Otra vez tenemos frente a nosotros a la directora que nos relata eventos inesperados. Y en su mejor vena, se trata de una historia verdadera.

En la primera mitad del siglo XX checo, Jan Mikolasek (1889-1973) fue un sanador que hizo su fama y fortuna entre los años 1930 y 1950. Hijo –pese a él mismo– de la modernidad occidental, se presentaba como “herbolario profesional” desde 1936. Había presentado un examen en el cual supo identificar 80 tipos distintos de plantas medicinales. Jan era hijo de un jardinero y había estudiado por su cuenta las propiedades de cientos de hierbas, aprovechando compendios, catálogos y publicaciones científicas. Pero nunca estudió medicina. A mediados de los 1930s lo examinaron dos profesores universitarios y el director de un hospital. Desde entonces colgó un vistoso diploma en su elegante oficina, adonde dictaba diagnósticos y tratamientos a un asistente. Pero cuando alguien se refería a él como “doctor”, aclaraba que no era médico.

El problema es que el centro del arte de Mikolasek no provenía de libros ó catálogos de herbolaria. Una curandera tradicional, Josefa Mühlbacherová, famosa entre la feligresía católica rural checa a principios de siglo XX, enseñó al hijo del jardinero cómo interpretar muestras de orina. Al parecer, le decían babka chcankařka (abuelita meada). (Liga 1.) Devota católica, no cobraba por sus diagnósticos y recomendaciones. Se sostenía vendiendo hierbas ó cobrándole una comisión a los boticarios que preparaban las mezclas que ella recetaba. Cualquier otra retribución de sus clientes, ella los mandaba a entenderse con el párroco. En este contexto, se rumoraba que ambos (Josefa la maestra y Jan el aprendiz) mostraron dones especiales para vaticinar la cercanía de la muerte en algunos casos. Todos los días, se formaba una larga fila de pacientes de Josefa, en la que no faltaba quien llevase la vaca con que buscaba pagar sus servicios.

Esta historia le permite a Holland mostrarnos algunos de los resortes de la sociedad checa de hace un siglo. Podemos ver los últimos destellos de un mundo rural adonde la gente aún cree en la magia, los vaticinios y los milagros. Mikolasek es un joven alfabeto con dos experiencias traumáticas, una negativa y otra positiva. En la primera guerra mundial fue obligado a fusilar a un camarada; a su regreso a casa preparó un ungüento de hierbas que detuvo la gangrena en la pierna de una hermana. Esta experiencia y la intuición de contar con un don especial lo llevaron a la casa de Mühlbacherová. Su decisión causó un grave disgusto a su padre. A través de esta trama podemos ver cómo las sociedades europeas terminaban de “des-encantarse”… como decía, precisamente en esos tiempos, Max Weber.

Mühlbacherová morirá al poco de admitir como aprendiz a Mikolasek. Éste, sin embargo, no seguirá la práctica tradicional de su maestra. La viejecita le insistió en algún momento en no hacer negocio con el don que Jesús crucificado le había otorgado: “todo lo que te aleja de la gente es malo, evítalo”. Pero el joven Jan era un moderno emprendedor. Ofreció sus servicios en el mercado. En lugar de cobrar comisión a los boticarios, instaló su propia bodega de hierbas y preparaba paquetillos con las fórmulas que irá escribiendo. Es en este contexto en el que buscará la certificación pública-oficial de sus conocimientos por el gobierno checoslovaco. A través del servicio postal recibía consultas y enviaba tés medicinales. Pero, paradojas de la transición cultural, la fe religiosa siguió siendo parte esencial de su proceso de sanación. Mikolasek era reconocido como devoto católico. Y en sus recetas y publicidad el sanador insistía en la importancia de la fé para que el paciente supere sus dolencias. Eso sí, cobraba y se enriquecía.

El Estado (esa linda ilusión de la modernidad) había certificado los conocimientos del curandero, pero las autoridades desconfiaban del fenómeno social tradicional que envolvía la práctica de Mikolasek. Holland nos cuenta cómo el Tercer Reich y el Estado comunista confrontaron a quien ambos –finalmente modernos– despreciaban como charlatán. A partir de esto, algunos críticos de la película han interpretado a Jan Mikolasek como un “mártir de la libertad”. (Diario de Sevilla, Liga 2.) A mí me parece que Holland nos dice exactamente lo contrario.

El hecho histórico es que la práctica del sanador sobrevivió a nazis y estalinistas. La película puede llevar al Diario de Sevilla al error porque subraya el intento del gobierno rojo en Praga de procesar a Mikolasek por la muerte de un par de líderes de partido que se envenenaron con un sobre de té mal empaquetado en el negocio del sanador. Pero, al parecer (y aquí sigo a la Wikipedia checa), nuestro personaje nunca fue condenado por esas muertes, sino sólo por evasión de impuestos (krácení daní), corrupción (korupce) y sobreprecio (předražování) en sus paquetes con hierbas. Ciertamente se le confiscó la clínica que había montado en la localidad de Jenštejn –y adonde atendía algunos pacientes. Desde entonces y hasta ahora ese local se ha utilizado como un asilo para ancianos. Por la evasión fiscal se le impusieron a Mikolasek tres años de prisión en Enero de 1959. En apelación se aumentó la condena a cinco años, pero eventualmente se redujo un año. Fue excarcelado en Enero de 1963. El sanador no volvió a ejercer su oficio, pero encontró refugio (tenía 74 años) en casa de un viejo amigo: el doctor Karel Urbánek (1884-1968), quien era entonces funcionario del Instituto Nacional de Salud Pública.

En la película, el Mikolasek de Holland se sorprende de las acusaciones que le hizo el gobierno comunista en 1959, señalando a los policías, a los fiscales y a su abogado defensor que él era amigo de tal ó cual alto funcionario –a quienes conocía por haberles atendido como sanador. La película subraya que uno de sus pacientes fue el quinto presidente de la República (1953-1957), el comunista Antonín Zápotocký (1884-1957). Zápotocký había sido dirigente sindical e interno en los campos de concentración nazifascistas, pero el sanador le había atendido exitosamente una gangrena.

El problema es que Mikolasek había atendido del mismo modo a la alta dirigencia del Protectorado que gobernó la República Checa y Eslovaquia durante el régimen nazi. En parte por ello, pero también para subrayar el triunfo de la ciencia médica moderna, el sexto presidente checoslovaco, el comunista Antonín Novotný (1904-1975) decidió acabar con el charlatán. Holland nos permite ver estas complejidades. Durante los dos años entre la muerte de Zápotocký (1957) y las acusaciones contra el sanador, el Partido Comunista publicó en los diarios crecientes críticas en contra de la superstición y las prácticas no científicas del sanador. Pero también diversos funcionarios amigos le ofrecieron ayuda y consejo.

Holland nos muestra cómo las élites checas que colaboraron con Alemania y la URSS presidían-sobre y eran parte de una sociedad en proceso de des-encantamiento –en la que, pese al avance de la cultura científica moderna, aún existía valoración positiva para conocimientos tradicionales y formas de devoción religiosa popular. En medio de esa ambigüedad social, tanto nazis como comunistas fueron pacientes del sanador. Ambos gobiernos le dejaron prosperar. Mikolasek sentía un orgullo genuino de ese éxito. Y, muy al estilo ancien-régime, proclamaba abiertamente ese orgullo: mostraba su riqueza material, presumía las celebridades que se incluían en su clientela, subrayaba que todo su emprendimiento era un acto de caridad católica, y asumía como natural-obligado el respeto que todos debían a su dignidad personal. Pese a los golpes que la modernidad le dió, hoy día la memoria popular del sanador aún es positiva… y en Sevilla hay quien le llama “mártir”.

Agnieszka Holland, de nueva cuenta, nos ofrece un escenario social mucho más complejo que el viejo retrato del totalitarismo de la caricatura estadounidense de Guerra Fría.

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://www.sumava.cz/objekt_az/9587-mhlbacherov-josefa/

Liga 2:
https://www.diariodesevilla.es/ocio/critica-Charlatan_0_1601540640.html

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